jueves, 2 de abril de 2020

GAIA

En esos días de confinamiento, me encontré durante meses a solas con mis sueños de evasión y aventura.  Todo se detuvo. Súbitamente, había que acostumbrarse, sin transición alguna, a un autoencarcelamiento obligado. Como una adolescente, sentía irreprimibles deseos de saltar la tapia del patio y volar. Esos días de marzo y abril, aquella primavera que se nos robó sin derecho a reclamaciones, hizo un frío insólito. Nevó en buena parte del país, y hubo que encender la calefacción, cuando en circunstancias normales la gente ya hubiera empezado a vestir de manga corta. La madre Tierra nos estaba dando una lección. Evoqué la historia bíblica de las siete plagas de Egipto. Llevábamos dos: la pandemia y las increíbles nevadas. ¿Se seguiría manifestando la naturaleza en contra de la acción devastadora, egoísta e irracional de la Humanidad? ¿Seguirían terremotos, tsunamis, inundaciones...?
Un hecho insólito ocurrió una mañana: al subir la persiana y mirar hacia el patio, distinguí que al fondo, junto al muro, una gran maceta de lavanda se había tumbado. Me extrañó, ya que el temporal a veces abatía las plantas más altas, pero nunca había podido con la lavanda, que quedaba más resguardada.
Antes de salir al patio, encendí la televisión: imágenes de naves llenas de ataúdes, campos de tumbas recién cavadas preparadas para exhumar centenares de cadáveres. En todo el mundo, la muerte se cebaba con la Humanidad. Como siempre, las clases sociales más desfavorecidas eran las más damnificadas, al no tener fácil acceso a la sanidad y en especial a los respiradores. Imágnes del Mar Menor, devastado por grandes inundaciones... la tercera plaga.
Volví a mirar hacia el patio. De nuevo esa sensación de extrañeza. ¿Y si alguien había saltado el muro desde fuera, derribando la maceta al caer? Salí afuera y me dirigí hacia el muro, cubierto de hiedra y tapado por altos olivos, una higuera y varios ficus, se alzaba ante mi, a una distancia de unos quince metros desde la puerta del salón. Al otro lado, un jardín público abandonado a causa del confinamiento. Los niños habían dejado de correr y jugar fuera. Echaba de menos sus gritos y risas, que cada tarde me regalaban al salir de la escuela cercana.
Caminé hacia el fondo del patio, solo se oían los pájaros. Allí, tras las vegetación, distinguí la silueta de una mujer desnuda que yacía desplomada, boca abajo, semicubierta de una fina capa de nieve... Le di la vuelta, le tomé el pulso, latido débil, llevaba un medallón hecho de madera. Se distinguía un nombre GAIA. La madre Tierra...

miércoles, 5 de febrero de 2020

MELANCOLÍA

Imagen de Michał Jałochowski en Pixabay
Miraba por el gran ventanal con vistas a Barcelona y al mar. Era noviembre, el día era frío y gris, soplaba el viento. De pronto, se alzaron miles de hojas ante sus ojos en precipitada danza. Se oía el soplo implacable del viento y el tic-tac de un reloj en el salón, como el latido de un corazón. Maya vivía en una casa adosada con planta baja, primer piso y terraza, con porche y jardín en la parte trasera. Hacía semanas había plantado un pequeño huerto de hierbas aromáticas en la repisa de la ventana de la cocina, una de las más soleadas de la casa,  que desprendía una fragancia embriagadora que esperaba se mantuviera durante todo el invierno.
Tenía treinta y nueve años y una vida por delante, pero a veces la embargaba la sensación de que el tiempo se le escapaba, como agua entre los dedos. Había tenido relaciones, y una pareja estable durante ocho años, David, pero había terminado por fracasar. Ahora estaba sola desde principios del verano pasado.
En aquellas tardes de otoño, le entraba una melancolía que la sumía en un estado de extraña tristeza que sin embargo le era placentera, una sensación casi poética. Realmente, le gustaba aquella sensación de soledad, y disfrutar de momentos como aquél, en estado de callada introspección.

Las primeras semanas después de la ruptura, había pasado unos días en una casa de campo, en el bosque, a pocos metros de un pequeño lago de aguas claras al cual se accedía por un sendero descendente. Una mañana, temprano, se había abrigado con una chaqueta sobre el pijama para bajar a la cocina a prepararse una taza de te. Le apeteció salir fuera, recorrió el sendero en dirección al lago, vio una pequeña barca amarrada al embarcadero, la liberó y remó hasta el centro del lago. Allí se detuvo y esperó a que se alzara el día, saboreando la calma y la tranquilidad del momento. Se oía el canto temprano de los pájaros y el chapoteo del agua contra los flancos de la embarcación. Al cabo de un rato, volvió a la orilla, se quitó el pijama y se sumergió desnuda y en silencio. La sensación de nadar a primera hora del día era muy tonificante. Después volvió a casa para prepararse un baño caliente. Se miró al espejo y apreció las formas de su cuerpo. De jovencita, era muy delgada, de fina silueta, pero con el paso de los años la transformación se hacía evidente. Había ido ganando, paulatinamente, unos cuantos quilos. No era obesa, pero su cuerpo se parecía más al de una Venus de Milo, canon de belleza que hoy en día no se estila, pero que en la antigüedad significaba la perfección. Esta última idea la había animado un poco, y sonrió, divertida.

Aquella tarde de noviembre, en el salón de su casa, pensó en David. No quería volver a saber nada de él, nunca más. Si algún día recibiera un correo electrónico suyo, no lo abriría. Y si llamaba por teléfono, no contestaría. No le amaba, estaba segura. No deseaba volver a verlo, detestaba pensar en una posible conversación con él: tal vez fingiría indiferencia, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera sufrido con la ruptura. Por el momento, estaba claro que no había manera de olvidarlo. Recurrentemente, su recuerdo la asaltaba. No se podía librar de él.
De pronto, sonó el teléfono móvil. Lo había dejado sobre la mesilla, a su lado. La pantalla iluminada anunciaba la procedencia de la llamada. Era él. No tardó ni dos segundos en responder. La conversación fue corta: —Te echo de menos. —Yo también...
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Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020 de Literup. Reto 6. Haz una historia sin un solo gerundio.

jueves, 30 de enero de 2020

LARGA VIDA A LOS TEEGARDIANOS



Año terráqueo 2775. Hacía 525 años que la nave espacial Éxodo había despegado hacia un destino incierto, abandonando el ya absolutamente inhabitable y malsano planeta Tierra. El desastre ecológico ocasionado por el sistema de consumo compulsivo de la Humanidad, había agotado por completo los recursos del planeta, desencadenando una aceleración del cambio climático que llevó al cataclismo absoluto. Los últimos esfuerzos colectivos de las antiguas superpotencias se centraron en la puesta en órbita de la estación espacial que salvaría a una pequeña porción de seres humanos que se aventurarían a encontrar en la bastedad del universo un nuevo hogar, en un intento desesperado de asegurar la supervivencia de la especie. Los actuales habitantes de la estación espacial, descendientes del grupo primigenio, jamás habían pisado la Tierra, aunque contaban con un archivo completo de información sobre lo que fue el maravilloso planeta azul. Habían logrado sobrevivir replicando cultivos terrícolas en invernaderos dentro de la estación espacial. La dieta no contemplaba la proteína animal, como antaño, pero no se echa de menos lo que no se ha conocido.
Los mejores médicos, científicos, ingenieros y mecánicos del mundo, no mayores de cuarenta años, habían formado parte de la primera tripulación, y habían sido los encargados de formar a las siguientes generaciones, que enriquecieron esos conocimientos con continuas investigaciones que permitieron utilizar materiales encontrados en otros planetas para reparar, ampliar e introducir mejoras en la estación espacial Éxodo que habían permitido aumentar progresivamente la velocidad de alcance de la nave, así como atravesar agujeros negros para salvar distancias incalculables.
Aún así, la búsqueda de un planeta habitable por la especie humana estaba resultando una utopía, un objetivo alcanzable a tan largo plazo, que la estación espacial era para sus habitantes su auténtico hogar, donde nacieron y donde algún día morirían.
En la larga travesía, se descartaron los planetas de nuestro sistema solar, ya que la viabilidad de establecer una colonia en cualquiera de ellos era escasa: las condiciones físicas de falta de atmósfera, oxígeno y agua, o las temperaturas demasiado bajas o absolutamente elevadas para la supervivencia humanas, llevaron a la determinación de marcar como objetivo otros planetas, fuera del nuestro sistema solar.
El primero en explorar fue el exoplaneta llamado Próxima B, en el sistema Alpha Centauri, a 4,3 años luz de distancia respecto a la Tierra. Resultó ser un planeta gaseoso de aproximadamente 36 veces la masa de la Tierra. Inhabitable.
A 11 años luz de la Tierra se encontraba el sistema estelar GJ 15 A, con dos planetas que giraban alrededor de una estrella enana roja. De ellos, el planeta b, conocido como supertierra, era tres veces más grande que la Tierra. Además, se había detectado agua en su atmósfera, por lo que era un destino que en el imaginario de los habitantes del Éxodo se había convertido en la tierra prometida. Llegaron a alunizar, a pesar que que la temperatura era de 276,7 grados Celsius en la superficie. Tomaron muestras y descartaron la posibilidad de colonizar el planeta. La decepción fue absoluta.
El viaje continuó hacia la constelación de Aries, situada a 12,5 años luz. Alrededor de la Estrella de Teegarden, una enana roja, giraban dos pequeños planetas: Teegarden b y c, con masas similares a la Tierra y temperaturas suficientemente suaves como para albergar agua líquida en sus superficies, sobretodo en el caso de Teegarden c, el más exterior.
La nave llegó a su objetivo, tras más de 500 años de viaje interestelar. Las huellas químicas del agua, metano, oxígeno, ozono y otros componentes de la atmósfera del planeta confirmaban la habitabilidad de ese mundo. Se desconocía si otras formas de vida habían prosperado en aquel planeta, que a ojos de los viajeros del Éxodo era bellísimo. La nave se posó en la superficie, no se distinguían señales de vida, al menos nada parecido a plantas o animales. La escotilla se abrió, y un equipo de exploración descendió lentamente por la rampa, provistos de trajes espaciales. La gravedad era parecida a la de la Tierra, con lo que podían caminar sin dificultad. Sabían que los niveles de oxígeno eran aceptables, pero por precaución llevaban traje hermético y bombonas de oxígeno. Todo parecía que iba bien. El paisaje era montañoso y seco, semejante al desierto de Arizona. Predominaba un tono rojizo por doquier: el cielo, la tierra, las rocas.. Alfombraba la tierra una fina capa de una especie de musgo de color rojo oscuro. Tomaron muestras. Poco después, en la nave, se confirmó que era un organismo viviente, el primero entre múltiples formas de vida del mismo tono que descubrieron y trataron con toda precaución en los días siguientes. El color rojizo se explicaba porque Teegarden era una estrella con luz infrarroja, con fotones de muy baja energía que provocaban que el metabolismo de los seres vivos fuera más lento que en la Tierra.
Decidieron establecer la colonia Nueva Tierra bajo el compromiso de actuar y vivir con total profilaxis para no perjudicar el ecosistema de Teegarden y a su vez, no dañar la salud de los recién llegados. Los colonos debían vestir siempre el traje espacial en sus paseos por el pequeño planeta. En los meses siguientes, muchos murieron de extrañas enfermedades, al no soportar su organismo el contacto con microorganismos autóctonos nocivos para la especie humana. Los más resistentes, sobrevivieron. Entre las especies autóctonas también hubo gran mortandad, incluso extinción, debido al contacto con los humanos. Con el tiempo, las generaciones de teegardianos fueron mutando, desarrollando adaptaciones al nuevo medio, como pigmentación roja de la piel y cabellos, resistente, con un metabolismo lento que les permitió gozar de una longevidad sin precedentes. Un teegardiano vivía tres veces más tiempo que los antiguos terrícolas.
Descanse en paz la especie humana, larga vida a los teegardianos.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020 de Literup.
Reto 5. Tu relato debe ser space opera y hablar sobre una travesía por diferentes planetas.

sábado, 25 de enero de 2020

FELIZ AÑO DE LA RATA

Imagen de Annalise Batista en Pixabay
25 de enero de 2020. El Año Nuevo Chino amaneció con 41 millones de personas confinadas en el territorio de dicho país. La gripe hacía estragos, las medidas de emergencia ante la pandemia eran del todo insuficientes. Aunque pocos casos se habían detectado fuera de China, el mundo estaba en alerta máxima, preparados para afrontar la peor de las pesadillas. Se hablaba del coronavirus en todas las televisiones, que mostraban a los espectadores imágenes de grandes ciudades en vías de desinfección, calles vacías por confinamiento de la población, aeropuertos cerrados, hospitales abarrotados... Los síntomas: desde cuadro leve (tos seca, fiebre...) hasta graves dificultades para respirar y neumonía potencialmente mortal. Se decía que el contagio se daba probablemente a través de pequeñas gotas de saliva que los portadores del virus excretaban al toser. Sin tratamiento conocido ni vacuna, los médicos poca cosa podían hacer más que dar apoyo vital al enfermo, corriendo serio riesgo de contagio Se sospechaba que el nuevo virus pudo haber surgido de serpientes vendidas de forma ilegal en el mercado de Wuhan, el epicentro de la epidemia, aunque no se descartaban otras fuentes como pequeños mamíferos (ratas, tejones...).
Durante el día, cada noticiario añadía países en que se habían detectado nuevos casos, en todos los continentes, y la cifra de víctimas iba en aumento. El último del día confirmó lo que se temía: la causa de la propagación del virus era un mamífero, la rata, esa especie que prospera en hábitats urbanos, en casas, alcantarillas o edificios abandonados. El virus se propagaba a los seres humanos a través de la orina o heces de las ratas, al respirar diminutas partículas arrastradas por cualquier corriente de aire.
Demasiado tarde: las ratas infectadas viajaban en los barcos cargueros que surcaban todos los mares con todo tipo de mercancías fabricadas en China, llegando a todos los puertos del mundo. Inmediatamente, se incluiría en las medidas preventivas el veto a atracar en cualquier puerto a todo barco proveniente de China. La economía se vería seriamente afectada, ya que se movían enormes capitales en el comercio internacional con el gigante asiático. Demasiado tarde: ya habían desembarcado miles de ellas, reproductoras prolíficas, una rata puede producir hasta doscientas crías y dos mil descendientes en un año.
Feliz año de la Rata.

Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020 de Literup.
Reto 4. Haz un relato que ocurra durante el Año Nuevo Chino.

jueves, 16 de enero de 2020

LA PEOR PESADILLA




Aquel verano de 1993, durante el viaje de vacaciones por Ecuador, hicimos estancia en Puerto de Misahuallí, una población rural de la provincia de Napo, en la selva. Nos alojamos en un hotelito de dos plantas a medio acabar. En la habitación principal faltaba la barandilla del balcón, y apenas había muebles: una cama de matrimonio con mosquitera y una silla. De hecho, éramos los primeros huéspedes que recibía el hotel. El dueño, Kepa, era vasco. Había llegado al lugar hacía tiempo, organizaba excursiones para turistas y ahora intentaba entrar en el negocio de la hostelería. No le sería difícil. En aquella pequeña aldea, los pocos turistas que llegaban con la intención de entrar en la selva, no tenían otro remedio que alojarse en chozas de adobe y techo de uralita sin agua ni luz. Dejamos las mochilas y bajamos a la calle principal del pueblo. Kepa nos acompañó hasta su negocio, una pequeña choza de madera en la calle principal, con un gran cartel con publicidad de las excursiones que organizaba. Ese mismo día embarcamos con él en una canoa, río arriba. Desembarcamos a los pies de un sendero trazado en plena selva. Nos explicó que casi a diario tenía que despejar el camino porque la selva lo devoraba todo en pocas horas. Tal era la exuberancia de la zona. El clima, muy húmedo y caluroso. Ya nos habían advertido de que vistiéramos con ropa ligera pero con mangas, brazos y cuello cubiertos, ya que los mosquitos te acribillaban instantáneamente. Esperábamos ver a los llamados monos capuchinos, pero la biodiversidad de la selva alta nos depararía muchas más sorpresas: tucanes, mariposas bellísimas, hormigas gigantes, centenares, formando espectaculares caminos cargando hojas... Nos dijo que tuviéramos cuidado con las serpientes, ya que eran venenosas, pero por suerte no dimos con ningún ejemplar. Estuve muy atenta durante todo el camino a dónde pisaba. Lo pasé muy mal con las arañas, enormes. Sufro de aracnofobia desde pequeña. Kepa no les daba ninguna importancia, pero yo temblaba sólo de imaginarlas. Junto al sendero, vimos un enorme ejemplar de 25 cm, peluda y gruesa, negra, con las patas extendidas, esperando pacientemente a sus presas en el centro de una gran telaraña. –Una hembra –nos informó Kepa, señalándola con un palo– No se asusten, sólo son depredadoras de pequeños animales. En el abdomen tienen glándulas ventosas que sirven para paralizar a las presas. Pero tengan cuidado.... son venenosas.
Me quedé con la duda de si bromeaba o no, ya que soltó una carcajada. En cualquier caso, me sentía auténticamente paralizada, agarrada con fuerza a mi novio, Juan, que sabiendo el pavor que experimento ante los arácnidos, me envolvió con su brazo y me ayudó a continuar. A los pocos metros, le pidió a Kepa que regresáramos.
Una vez de vuelta al hotel, después de reponerme con un refresco y una cena ligera, me eché en la cama, con la mosquitera puesta para evitar las picaduras de los omnipresentes insectos. Juan estaba en el baño, lavándose. Repasé mentalmente las vivencias del día, visualicé la araña de la selva, sintiendo de nuevo escalofríos. De pronto, me incorporé, alarmada. Miré bajo las sábanas. Nada. Giré la cabeza, despacio, hacia la almohada. Con un movimiento instintivo y súbito, retiré el cojín y allí estaba: una araña de la misma especie, de unos 9 cm, horrible, amenazadora. Grité en un ataque de pánico, intentando escapar de la trampa en que se había convertido la mosquitera. No daba con la apertura. Juan salió del baño inmediatamente. Me sacó de allí e intentó tranquilizarme sin éxito. El dueño del hotel nos ofreció otra habitación. Juan se mantuvo despierto toda la noche, junto a mí, en una silla. No quería meterme en ninguna otra cama. Al día siguiente nos fuimos de allí, y aunque han pasado muchos años, en mis peores y recurrentes pesadillas, siempre aparecen ellas, las arañas, enormes y amenazantes, repugnantes, venenosas.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020 de Literup.
Reto 3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.


lunes, 6 de enero de 2020

NOCHE DE REYES 1979


Ocurrió el día de Reyes, cuando los sueños de los niños se cumplen. Agitación en la casa, no por la llegada de los magos, que al fin y al cabo son imaginarios, sino por la partida del auténtico Rey mago de mi vida: mi padre. La noche de Reyes, a mis ocho años, la pasé en casa, con mi abuela, sin poder pegar ojo. En el hospital, mi padre agonizaba. Mi madre y hermanos mayores estaban con él. Mi abuela me leyó un cuento junto a la cama. Triste y preocupada. ¿Cómo aceptar que alguien muriera tan joven? Papá tenía 55 años. Hacía meses le diagnosticaron un cáncer de colon. Operaciones, quimioterapia... pero de nada sirvió. Metástasis, hospitalización y espera. Le había visitado a diario desde que ingresó hacía ya tres meses. Cada día más débil, más delgado, menguaba su vitalidad y su vida. No perdió el ánimo ni el buen humor, al menos cuando yo estaba, pero sufría, enormemente, al ser consciente de lo que estaba dejando: su mujer, sus hijos, todavía jóvenes y niños. ¿Qué pasaría cuando ya no estuviera?
Creo que finalmente, junto a mi abuela, que me abrazaba, me dormí, bien entrada la noche. Desperté al alba, al oír el timbre del teléfono. Los pasos de mi abuela resonaron en el pasillo. Descolgó el teléfono. Abrí los ojos y apreté los labios, las lágrimas ya aflorando en mis ojos. Oí a la abuela sollozar, hablaba bajo, seguramente con mi madre. Mi padre era su yerno, pero lo quería como a un hijo. Colgó el teléfono y esperé. No vino a mi habitación. Se tomó su tiempo. Caminó hasta el comedor y se sentó en el sofá. Podía oír su llanto perfectamente. Me levanté despacio y caminé como sonámbula hasta ella. Me senté a su lado y nos abrazamos, rotas. Entre sollozos, me secó las lágrimas y me dijo que papá se había ido al cielo.
Sobre la mesa, las copas para los Reyes Magos y en el suelo un cuenco con agua para los camellos. Intactos. La abuela había seguido el ritual conmigo después de cenar, para distraerme y mantener viva la ilusión por la llegada de los Reyes. Intactos. Los Reyes no han venido, pensé. ¡Qué amargura!
La abuela, entonces, viendo mi mirada vacía, decepcionada, perdida, se secó las lágrimas y reaccionó: —Papá descansa, Maria, pero los Reyes no. Aunque no se han bebido la sidra de las copas, creo que te han dejado unos regalos en el balcón. Ven.
Me cogió de la mano y tiró de mi hasta el balcón. Había varios regalos envueltos en papeles llamativos. Los entramos al comedor. La ilusión resurgió en mi, mezclada con una infinita pena. Otros años, papá, mamá y mis hermanos estaban preparados y pendientes de mi reacción ante las sorpresas que habían dejado los Reyes en casa. Este año no, pero la abuela, con todo su amor, me arropó y me ayudó a recuperar la magia, por unos momentos. Abrí los regalos: cuentos, unos patines y el tocador de la Señorita Pepis. Finales de los 70. Me miré al espejo del tocador. Vi a una niña marchita y, detrás, el reflejo de mi abuela, esforzándose por sonreír, abrazándome. Mis ojos rompieron en una cascada de lágrimas, y a través de ellas me pareció que en el espejo se reflejaba también la imagen de mi padre, sonriendo, mandándome todo su cariño y despidiéndose de mi. Le vi tranquilo, sereno, liberado del sufrimiento físico en que lo había sumido la enfermedad.
Desapareció en unos instantes, pero sentí una paz interior absoluta. La despedida de papá había sido el regalo mágico de mis Reyes. Abracé a la abuela y sonreímos las dos.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020, de Literup.
RETO 2. 
Escribe un relato que ocurra el día de Reyes

viernes, 3 de enero de 2020

LAMPEDUSA


Las vacaciones en Sicilia, visitando los palacios del XVII i XVIII en Siracusa, Catania y Palermo, me trasladaron inevitablemente a la escena del baile del Gatopardo, la gran película de Visconti, basada en la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Me fascinaba el lujo en que vivió la aristocracia de la segunda mitad del XIX, aun estando en decadencia a causa del auge de un nuevo orden social que llegó de la mano de Garibaldi y la unificación de Italia.
Mi cicerone italiano, mi prometido desde hacía unos meses, divertido ante el interés que mostraba por esa época, me llevó una noche a un oscuro palazzo en el viejo barrio de Ortigia, en Siracusa. La entrada de carruajes desembocaba en un gran patio con una escalinata de mármol iluminada con candelabros. La sensación era inquietante y fantasmagórica. Me agarré fuertemente a su brazo. Fabrizio me susurró: —No temas.
Subimos hasta el primer piso. Una enorme puerta de madera noble, con grandes picaportes dorados, ocupaba un basto rellano con pavimento y paredes de mármol. Nos abrió la puerta un mayordomo con guantes blancos. Otro palacio de época, los suelos alfombrados, las paredes decoradas con pinturas del XVIII y grandes espejos. El mobiliario se componía de grandes sillones tapizados, antiguos aparadores, mesas de estilo imperio. Los techos pintados con querubines y escenas mitológicas, la gran araña de cristal de Murano colgando en el gran salón.
Todo parecía salido de la película de Visconti, pero ante mí no aparecieron ni las damas de amplios vestidos de época, ni los duques, condes y príncipes con uniforme de gala. Los invitados de aquella fiesta, porque sin duda era una fiesta, un gran baile, con orquesta en chaqué tocando antiguos valses, vestían elegantes trajes de noche, bebían espumoso en finas copas, charlaban entre ellos, de pie o sentados en frágiles sillas doradas sobre alfombras, que si uno se fijaba, se veían más bien raídas. Entre ellos, camareros de librea y guante blanco circulaban ofreciendo bandejas de canapés a los invitados. En la parte central del gran salón, las parejas más animadas giraban al compás del vals.
Candelabros en los aparadores iluminaban la escena, multiplicada su luz hasta el infinito gracias a los grandes espejos enmarcados en estilo rococó que cubrían las paredes de la estancia.
Se acercó a nosotros el anfitrión, un caballero de pelo cano y grandes bigotes, muy entrado en años, pero con una elegancia innata, en el porte y en el habla. Saludo a Fabrizio con gran efusión y a continuación fui presentada al príncipe de Salina, que tomó con caballerosidad mi mano y agachó la frente con saludo ceremonioso.
Ahí estaban los antiguos supervivientes de la aristocracia siciliana, reencontrándose cada cierto tiempo para resucitar una estirpe en absoluta decadencia. La mayoría vivían en el exilio, en Paris o Nueva York, donde se afincaron sus ascendientes tras vender sus posesiones en la isla, cuando se hizo imposible seguir viviendo al viejo estilo de la nobleza de alto abolengo. Me fijé bien en sus rostros, las mujeres bajo gruesas capas de maquillaje tratando en vano de esconder las arrugas marcadas en sus rostros. Los hombres calvos o canosos, barrigudos y gibosos, fumaban puros habanos. No había apenas jóvenes, la media de edad era realmente avanzada.
Los músicos alternaban polca, contradanza, mazurca y vals. Una multitud de parejas danzaban, conocedoras de los pasos de baile, aunque a menudo abandonaban antes de finalizar la pieza y se retiraban a descansar en las sillas y sillones que cubrían el perímetro del gran salón.
Fabrizio desapareció sin previo aviso y me quedé sola, sentada en una silla tapizada en rojo. Me inquietó que tardara tanto. Un camarero se acercó y me entregó, inclinándose en una reverencia, una nota en un pequeño sobre. Era de Fabrizio, decía que me esperaba en el portal. El camarero me acompañó hasta la puerta y me vi en el oscuro rellano. Bajé las escaleras de mármol hasta el patio, pero Fabrizio no estaba. Salí a la calle. Tampoco estaba. La oscuridad de la calle me inquietaba enormemente y decidí no esperar allí. Dirigí mis pasos en dirección a una calle más transitada. El empededrado de las calles brillaba a la luz de las farolas. Mis pasos decididos resonaban con fuerza. Una sombra surgió de una esquina. Me asusté y corrí, pero oí que gritaba mi nombre y me detuve. Miré atrás. Era Fabrizio.
—¿Qué haces? ¿Por qué no me esperaste en el portal?
—No quise asustarte, disculpa. Recordé que por aquí estaba una fuente antigua y me alejé buscándola.
—¿De qué conoces a esta gente?
—Querida, tengo que decirte algo, yo soy el último descendiente del príncipe de Lampedusa.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escritura para el 2020, de Literup.
RETO 1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.