jueves, 16 de enero de 2020

LA PEOR PESADILLA




Aquel verano de 1993, durante el viaje de vacaciones por Ecuador, hicimos estancia en Puerto de Misahuallí, una población rural de la provincia de Napo, en la selva. Nos alojamos en un hotelito de dos plantas a medio acabar. En la habitación principal faltaba la barandilla del balcón, y apenas había muebles: una cama de matrimonio con mosquitera y una silla. De hecho, éramos los primeros huéspedes que recibía el hotel. El dueño, Kepa, era vasco. Había llegado al lugar hacía tiempo, organizaba excursiones para turistas y ahora intentaba entrar en el negocio de la hostelería. No le sería difícil. En aquella pequeña aldea, los pocos turistas que llegaban con la intención de entrar en la selva, no tenían otro remedio que alojarse en chozas de adobe y techo de uralita sin agua ni luz. Dejamos las mochilas y bajamos a la calle principal del pueblo. Kepa nos acompañó hasta su negocio, una pequeña choza de madera en la calle principal, con un gran cartel con publicidad de las excursiones que organizaba. Ese mismo día embarcamos con él en una canoa, río arriba. Desembarcamos a los pies de un sendero trazado en plena selva. Nos explicó que casi a diario tenía que despejar el camino porque la selva lo devoraba todo en pocas horas. Tal era la exuberancia de la zona. El clima, muy húmedo y caluroso. Ya nos habían advertido de que vistiéramos con ropa ligera pero con mangas, brazos y cuello cubiertos, ya que los mosquitos te acribillaban instantáneamente. Esperábamos ver a los llamados monos capuchinos, pero la biodiversidad de la selva alta nos depararía muchas más sorpresas: tucanes, mariposas bellísimas, hormigas gigantes, centenares, formando espectaculares caminos cargando hojas... Nos dijo que tuviéramos cuidado con las serpientes, ya que eran venenosas, pero por suerte no dimos con ningún ejemplar. Estuve muy atenta durante todo el camino a dónde pisaba. Lo pasé muy mal con las arañas, enormes. Sufro de aracnofobia desde pequeña. Kepa no les daba ninguna importancia, pero yo temblaba sólo de imaginarlas. Junto al sendero, vimos un enorme ejemplar de 25 cm, peluda y gruesa, negra, con las patas extendidas, esperando pacientemente a sus presas en el centro de una gran telaraña. –Una hembra –nos informó Kepa, señalándola con un palo– No se asusten, sólo son depredadoras de pequeños animales. En el abdomen tienen glándulas ventosas que sirven para paralizar a las presas. Pero tengan cuidado.... son venenosas.
Me quedé con la duda de si bromeaba o no, ya que soltó una carcajada. En cualquier caso, me sentía auténticamente paralizada, agarrada con fuerza a mi novio, Juan, que sabiendo el pavor que experimento ante los arácnidos, me envolvió con su brazo y me ayudó a continuar. A los pocos metros, le pidió a Kepa que regresáramos.
Una vez de vuelta al hotel, después de reponerme con un refresco y una cena ligera, me eché en la cama, con la mosquitera puesta para evitar las picaduras de los omnipresentes insectos. Juan estaba en el baño, lavándose. Repasé mentalmente las vivencias del día, visualicé la araña de la selva, sintiendo de nuevo escalofríos. De pronto, me incorporé, alarmada. Miré bajo las sábanas. Nada. Giré la cabeza, despacio, hacia la almohada. Con un movimiento instintivo y súbito, retiré el cojín y allí estaba: una araña de la misma especie, de unos 9 cm, horrible, amenazadora. Grité en un ataque de pánico, intentando escapar de la trampa en que se había convertido la mosquitera. No daba con la apertura. Juan salió del baño inmediatamente. Me sacó de allí e intentó tranquilizarme sin éxito. El dueño del hotel nos ofreció otra habitación. Juan se mantuvo despierto toda la noche, junto a mí, en una silla. No quería meterme en ninguna otra cama. Al día siguiente nos fuimos de allí, y aunque han pasado muchos años, en mis peores y recurrentes pesadillas, siempre aparecen ellas, las arañas, enormes y amenazantes, repugnantes, venenosas.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escriptura para el 2020 de Literup.
Reto 3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.


lunes, 6 de enero de 2020

NOCHE DE REYES 1979


Ocurrió el día de Reyes, cuando los sueños de los niños se cumplen. Agitación en la casa, no por la llegada de los magos, que al fin y al cabo son imaginarios, sino por la partida del auténtico Rey mago de mi vida: mi padre. La noche de Reyes, a mis ocho años, la pasé en casa, con mi abuela, sin poder pegar ojo. En el hospital, mi padre agonizaba. Mi madre y hermanos mayores estaban con él. Mi abuela me leyó un cuento junto a la cama. Triste y preocupada. ¿Cómo aceptar que alguien muriera tan joven? Papá tenía 55 años. Hacía meses le diagnosticaron un cáncer de colon. Operaciones, quimioterapia... pero de nada sirvió. Metástasis, hospitalización y espera. Le había visitado a diario desde que ingresó hacía ya tres meses. Cada día más débil, más delgado, menguaba su vitalidad y su vida. No perdió el ánimo ni el buen humor, al menos cuando yo estaba, pero sufría, enormemente, al ser consciente de lo que estaba dejando: su mujer, sus hijos, todavía jóvenes y niños. ¿Qué pasaría cuando ya no estuviera?
Creo que finalmente, junto a mi abuela, que me abrazaba, me dormí, bien entrada la noche. Desperté al alba, al oír el timbre del teléfono. Los pasos de mi abuela resonaron en el pasillo. Descolgó el teléfono. Abrí los ojos y apreté los labios, las lágrimas ya aflorando en mis ojos. Oí a la abuela sollozar, hablaba bajo, seguramente con mi madre. Mi padre era su yerno, pero lo quería como a un hijo. Colgó el teléfono y esperé. No vino a mi habitación. Se tomó su tiempo. Caminó hasta el comedor y se sentó en el sofá. Podía oír su llanto perfectamente. Me levanté despacio y caminé como sonámbula hasta ella. Me senté a su lado y nos abrazamos, rotas. Entre sollozos, me secó las lágrimas y me dijo que papá se había ido al cielo.
Sobre la mesa, las copas para los Reyes Magos y en el suelo un cuenco con agua para los camellos. Intactos. La abuela había seguido el ritual conmigo después de cenar, para distraerme y mantener viva la ilusión por la llegada de los Reyes. Intactos. Los Reyes no han venido, pensé. ¡Qué amargura!
La abuela, entonces, viendo mi mirada vacía, decepcionada, perdida, se secó las lágrimas y reaccionó: —Papá descansa, Maria, pero los Reyes no. Aunque no se han bebido la sidra de las copas, creo que te han dejado unos regalos en el balcón. Ven.
Me cogió de la mano y tiró de mi hasta el balcón. Había varios regalos envueltos en papeles llamativos. Los entramos al comedor. La ilusión resurgió en mi, mezclada con una infinita pena. Otros años, papá, mamá y mis hermanos estaban preparados y pendientes de mi reacción ante las sorpresas que habían dejado los Reyes en casa. Este año no, pero la abuela, con todo su amor, me arropó y me ayudó a recuperar la magia, por unos momentos. Abrí los regalos: cuentos, unos patines y el tocador de la Señorita Pepis. Finales de los 70. Me miré al espejo del tocador. Vi a una niña marchita y, detrás, el reflejo de mi abuela, esforzándose por sonreír, abrazándome. Mis ojos rompieron en una cascada de lágrimas, y a través de ellas me pareció que en el espejo se reflejaba también la imagen de mi padre, sonriendo, mandándome todo su cariño y despidiéndose de mi. Le vi tranquilo, sereno, liberado del sufrimiento físico en que lo había sumido la enfermedad.
Desapareció en unos instantes, pero sentí una paz interior absoluta. La despedida de papá había sido el regalo mágico de mis Reyes. Abracé a la abuela y sonreímos las dos.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escriptura para el 2020, de Literup.
RETO 2. 
Escribe un relato que ocurra el día de Reyes

viernes, 3 de enero de 2020

LAMPEDUSA


Las vacaciones en Sicilia, visitando los palacios del XVII i XVIII en Siracusa, Catania y Palermo, me trasladaron inevitablemente a la escena del baile del Gatopardo, la gran película de Visconti, basada en la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Me fascinaba el lujo en que vivió la aristocracia de la segunda mitad del XIX, aun estando en decadencia a causa del auge de un nuevo orden social que llegó de la mano de Garibaldi y la unificación de Italia.
Mi cicerone italiano, mi prometido desde hacía unos meses, divertido ante el interés que mostraba por esa época, me llevó una noche a un oscuro palazzo en el viejo barrio de Ortigia, en Siracusa. La entrada de carruajes desembocaba en un gran patio con una escalinata de mármol iluminada con candelabros. La sensación era inquietante y fantasmagórica. Me agarré fuertemente a su brazo. Fabrizio me susurró: —No temas.
Subimos hasta el primer piso. Una enorme puerta de madera noble, con grandes picaportes dorados, ocupaba un basto rellano con pavimento y paredes de mármol. Nos abrió la puerta un mayordomo con guantes blancos. Otro palacio de época, los suelos alfombrados, las paredes decoradas con pinturas del XVIII y grandes espejos. El mobiliario se componía de grandes sillones tapizados, antiguos aparadores, mesas de estilo imperio. Los techos pintados con querubines y escenas mitológicas, la gran araña de cristal de Murano colgando en el gran salón.
Todo parecía salido de la película de Visconti, pero ante mí no aparecieron ni las damas de amplios vestidos de época, ni los duques, condes y príncipes con uniforme de gala. Los invitados de aquella fiesta, porque sin duda era una fiesta, un gran baile, con orquesta en chaqué tocando antiguos valses, vestían elegantes trajes de noche, bebían espumoso en finas copas, charlaban entre ellos, de pie o sentados en frágiles sillas doradas sobre alfombras, que si uno se fijaba, se veían más bien raídas. Entre ellos, camareros de librea y guante blanco circulaban ofreciendo bandejas de canapés a los invitados. En la parte central del gran salón, las parejas más animadas giraban al compás del vals.
Candelabros en los aparadores iluminaban la escena, multiplicada su luz hasta el infinito gracias a los grandes espejos enmarcados en estilo rococó que cubrían las paredes de la estancia.
Se acercó a nosotros el anfitrión, un caballero de pelo cano y grandes bigotes, muy entrado en años, pero con una elegancia innata, en el porte y en el habla. Saludo a Fabrizio con gran efusión y a continuación fui presentada al príncipe de Salina, que tomó con caballerosidad mi mano y agachó la frente con saludo ceremonioso.
Ahí estaban los antiguos supervivientes de la aristocracia siciliana, reencontrándose cada cierto tiempo para resucitar una estirpe en absoluta decadencia. La mayoría vivían en el exilio, en Paris o Nueva York, donde se afincaron sus ascendientes tras vender sus posesiones en la isla, cuando se hizo imposible seguir viviendo al viejo estilo de la nobleza de alto abolengo. Me fijé bien en sus rostros, las mujeres bajo gruesas capas de maquillaje tratando en vano de esconder las arrugas marcadas en sus rostros. Los hombres calvos o canosos, barrigudos y gibosos, fumaban puros habanos. No había apenas jóvenes, la media de edad era realmente avanzada.
Los músicos alternaban polca, contradanza, mazurca y vals. Una multitud de parejas danzaban, conocedoras de los pasos de baile, aunque a menudo abandonaban antes de finalizar la pieza y se retiraban a descansar en las sillas y sillones que cubrían el perímetro del gran salón.
Fabrizio desapareció sin previo aviso y me quedé sola, sentada en una silla tapizada en rojo. Me inquietó que tardara tanto. Un camarero se acercó y me entregó, inclinándose en una reverencia, una nota en un pequeño sobre. Era de Fabrizio, decía que me esperaba en el portal. El camarero me acompañó hasta la puerta y me vi en el oscuro rellano. Bajé las escaleras de mármol hasta el patio, pero Fabrizio no estaba. Salí a la calle. Tampoco estaba. La oscuridad de la calle me inquietaba enormemente y decidí no esperar allí. Dirigí mis pasos en dirección a una calle más transitada. El empededrado de las calles brillaba a la luz de las farolas. Mis pasos decididos resonaban con fuerza. Una sombra surgió de una esquina. Me asusté y corrí, pero oí que gritaba mi nombre y me detuve. Miré atrás. Era Fabrizio.
—¿Qué haces? ¿Por qué no me esperaste en el portal?
—No quise asustarte, disculpa. Recordé que por aquí estaba una fuente antigua y me alejé buscándola.
—¿De qué conoces a esta gente?
—Querida, tengo que decirte algo, yo soy el último descendiente del príncipe de Lampedusa.

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Esta es mi aportación a los 52 retos de escriptura para el 2020, de Literup.
RETO 1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.

domingo, 15 de diciembre de 2019

NAZCA


Inexplicables dibuixos al desert, on no hi plou mai. Immensos dibuixos d'una balena,  un colibrí apuntant un pou, com si begués aigua,  un arbre brotant d'un aqüífer... 
Aigua que cal preservar,  conservar,  administrar. Aigua que ens manté vius.  El seu Déu d'aigua eren les muntanyes,  d'on baixaven els rius d'aigua subterrània... Els cercaven incansablement.  Potser les línies indicaven el discórrer invisible de les aigües ocultes, amagades, o potser indicaven els camins cap a altres indrets on trobar la font de la vida, el major tresor: l'aigua.

domingo, 20 de agosto de 2017

COMENÇAR DE NOU


Hi ha professors que entren a classe desmotivats, amargats, sense il·lusió i sense ganes d'aprendre ni d'ensenyar. Això, afortunadament, no em passa a mi. Els darrers dies d'agost, lluny de viure'ls amb malenconia o certa angoixa, em preparo amb entusiasme per començar de nou.

lunes, 14 de agosto de 2017

Un raig de sol

Algú tocava el piano a la planta baixa, les Variacions Goldberg de Bach… les meravelloses Gymnopédies de Satie… Va estar-s’hi molta estona, potser un parell d’hores, fins que un raig de sol va trencar la boira, la pluja es va aturar, i va aparèixer un cel blau, clar i net. En obrir la finestra, va respirar profundament i va somriure. 

sábado, 29 de julio de 2017

Ben d'hora



Va seure a esmorzar, ben d'hora, al costat d’una finestra amb vistes a les muntanyes que donava a una terrassa. El menjador estava en penombra, la llum del dia encara era dèbil i s’escolava mandrosa pels finestrals. Davant seu, la muntanya. Una fina boira l’envoltava, però el cim es veia clarament.